Buenos días mis niños bellos, doy gracias a Dios por la vida de cada uno.
Evolución del aspecto:
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CON EL PASO DEL TIEMPO LAS COSAS VAN CAMBIANDO
En las clases anteriores aprendimos muchas cosas sobre cómo se originó nuestro mundo y de qué manera el ser humano tuvo sus inicios desde la antigüedad, ahora empezaremos a ver de qué manera han evolucionado todas las cosas a nuestro al rededor.
Había una vez un niño llamado Nico al que le encantaba construir cambuches con cobijas.
Un día, mientras buscaba el escondite perfecto, encontró una puerta dorada detrás de su clóset.
Al cruzarla, ¡pum!, el aire se volvió fresco y el mundo cambió.
Nico cruzó la puerta dorada y apareció en un mundo donde todo era de piedra. Frente a él, vio una cueva gigante. Hacía mucho frío afuera, pero adentro brillaba una acogedora fogata. Un niño de cabello alborotado y vestido con pieles lo invitó a entrar, mostrándole con orgullo unos dibujos de bisontes que había pintado en la pared de roca.
Nico se despidió de su nuevo amigo de la cueva y volvió a cruzar la puerta dorada. Al salir, el frío había desaparecido. Ahora estaba en una aldea calurosa junto a un gran río. Las casas no eran de piedra, sino redondas, hechas de barro y con techos de paja que parecían sombreros de paja gigantes. Vio a una niña sonriente mezclando lodo con sus pies.
Nico volvió a cruzar la puerta y, ¡puf!, se encontró en un lugar muy caluroso y brillante. ¡Era el antiguo Egipto! Vio pirámides altísimas a lo lejos y un gran río azul llamado Nilo. Las casas aquí eran rectangulares y con techos planos. Un niño con un faldellín de lino blanco y sandalias le dio la bienvenida. —¡Hola! Mis paredes son de adobe, unos ladrillos hechos con el lodo del río y paja que secamos al sol —explicó el niño egipcio—. Son muy frescos para dormir cuando hace calor.
Y subimos al techo para cenar bajo las estrellas. Nico vio que las ventanas eran pequeñitas para que no entrara el sol tan fuerte, y pensó que era genial tener un techo plano para jugar.
De repente, Nico escuchó una trompeta: ¡Taráaa! Frente a él se alzaba un castillo con torres altísimas y un foso con agua.
—¿Vives aquí? —le preguntó Nico a un niño con una túnica de seda.
—Sí, pero ¡abrígate! —respondió el niño—. Estas paredes son tan gruesas que el sol nunca las calienta del todo. Usamos chimeneas gigantes para no congelarnos.
Nico se imaginó jugando a las escondidas en esos pasillos… ¡tardaría mil años en encontrarse!
El tiempo saltó de nuevo. Nico llegó a una calle con casas de madera y techos inclinados. Había ventanas de vidrio por primera vez.
—¡Hola! —saludó una niña que cargaba leña—. Mi casa es acogedora y tiene un jardín con manzanos.
Nico entró y sintió el olor a pino y a sopa caliente. Era una casa pequeña, pero llena de luz.
Finalmente, Nico dio un salto gigante y regresó a la actualidad. Estaba en medio de una ciudad llena de luces. Miró hacia arriba y vio edificios tan altos que parecían tocar las nubes.
Subió por un elevador veloz como un cohete hasta un apartamento con grandes ventanales de cristal.
—¡Desde aquí veo todo el mundo! —exclamó Nico. Tenía luz eléctrica, agua caliente y, lo mejor de todo, su propia cama blandita.
Nico volvió a cruzar la puerta dorada de su clóset. Miró su fuerte de almohadas y sonrió. Había aprendido que, ya fuera una cueva fría, un castillo de piedra o un edificio moderno, lo más importante de una casa no eran las paredes...
¡Sino la familia y los sueños que vivían dentro!
Al principio el ser humano buscaba refugio en cuevas para protegerse del clima y los animales salvajes, usando lo que la naturaleza les ofrecía.
Luego los humanos empezaron a cultivar y construir aldeas con barro y paja, pasando el tiempo elaboraron ladrillos y sus casas eran más cómodas.
Los humanos levantaron grandes castillos de piedra, y ahora vemos grandes edificios.
Cada transformación ha sido un paso para vivir de forma más segura, cómoda y conectada.
Había una vez, hace muchísimo, muchísimo tiempo, cuando no existían las casas, los carros ni los celulares, un pequeño grupo de seres humanos que vivía en medio de la naturaleza. Era la época de la prehistoria.
En ese grupo vivía una niña llamada Luma. Ella no tenía juguetes como los de hoy, pero le encantaba explorar. Su casa no era de ladrillos, sino una cueva grande y fresca donde vivía junto a su familia. Por las noches, se reunían alrededor del fuego, que era muy importante porque les daba calor, luz y los protegía de animales peligrosos.
Un día, Luma acompañó a los adultos a buscar comida. No había supermercados, así que tenían que recolectar frutas, raíces y, a veces, cazar animales. Luma aprendió a reconocer qué plantas se podían comer y cuáles no. También vio cómo usaban piedras afiladas como herramientas para cortar y construir cosas.
Cuando regresaron a la cueva, todos compartieron la comida. En la prehistoria, las personas trabajaban en equipo y se ayudaban mucho entre sí. Después de cenar, uno de los más ancianos comenzó a contar historias usando dibujos en las paredes de la cueva. Con carbón y colores naturales, pintaban animales y escenas de su vida diaria. Era como su forma de contar cuentos sin libros.
Antes de dormir, Luma miró el cielo lleno de estrellas. No entendía todo sobre el mundo, pero sentía curiosidad por aprender. Y gracias a personas como ella, que observaban, probaban y aprendían, los seres humanos poco a poco fueron descubriendo nuevas cosas.
Y así, aunque vivían de una forma muy diferente a la nuestra, los niños de la prehistoria también jugaban, aprendían y soñaban… igual que tú.